Pros y Contras de «Rameras y Esposas».

RAMERAS Y ESPOSAS ESCOHOTADO: De las hieródulas de Uruk al abolicionismo europeo del siglo XXI

Un profeta incómodo de la libertad sexual y su tesis sobre el vínculo irreductible entre matrimonio, prostitución y poder

Antonio Escohotado, con su amplia trayectoria intelectual y su enfoque en la libertad humana, nos ofrece una perspectiva única para analizar el concepto de «Rameras y Esposas» en su obra. Al explorar estos roles de esposas promiscuas, desde su visión, podemos discernir los pros y contras en un marco donde la libertad individual juega un papel central.

La Libertad y el Rol Social

Pro: Uno de los aspectos más destacados en la obra de Escohotado es la afirmación de la libertad como un valor fundamental. En el contexto de «rameras y esposas», esto puede interpretarse como la libertad de elección en cuanto a la forma de vivir la sexualidad y los roles de género. La ramera, en este sentido, podría verse como un símbolo de libertad sexual y rechazo a las normas sociales restrictivas.

Contra: Sin embargo, este mismo enfoque de libertad también puede llevar a una falta de reconocimiento de las dinámicas de poder y cómo influyen en la elección de roles. La elección de ser una ramera o una esposa no siempre es totalmente libre, sino que a menudo está condicionada por factores socioeconómicos, culturales y de poder.

El libro: una arqueología del deseo y el deber

Rameras y esposas: cuatro mitos sobre sexo y deber no es un ensayo sobre prostitución, aunque habla de ella en casi todas sus páginas. Es, ante todo, una genealogía filosófica de los roles sexuales que Occidente heredó sin leerlas instrucciones, un intento de iluminar desde la mitología —desde ese nivel de la experiencia humana donde las ideas no se argumentan sino que se dramatizan— cómo se fraguó la ecuación que todavía hoy rige el estatuto de la mujer: libertad equivale a deshonra, respetabilidad equivale a servidumbre. Escohotado publicó una primera versión en 1978 bajo el título Historias de familia: cuatro mitos sobre sexo y deber, que pasó completamente inadvertida. Quince años después, en 1993, la reescribió de arriba abajo para Anagrama bajo el título definitivo que ya no abandona, conservando únicamente el subtítulo porque, en palabras del propio autor, «el tiempo fue puliendo y cambiando certezas» hasta obligarle a recomenzar. La reedición de 2018 por La Emboscadura, editorial fundada por su hijo Jorge, devolvió el libro a la circulación y le dio una segunda vida entre lectores que habían llegado a Escohotado por los caminos de Historia general de las drogas o Los enemigos del comercio.

La estructura del libro es sencilla en apariencia y enormemente ambiciosa en alcance: Escohotado selecciona cuatro parejas míticas sucesivas en el tiempo, mediterráneas en su geografía imaginaria, y las analiza como arquetipos de los modos posibles de asumir lo que llama el «destino varón» y el «destino hembra». Ishtar y Gilgamesh, Hera y Zeus, Deyanira y Hércules, María y José: cuatro modelos relacionales que no se suceden arbitrariamente sino que conforman una trayectoria descendente, un proceso de contracción de la libertad femenina que culmina en la sacralización de la virginidad. Los ensayos, las novelas y los mitos son para el autor géneros radicalmente distintos: los ensayos manejan ideas, las novelas personajes, y los mitos describen ánimos, sentimientos recurrentes de la vida que cada generación relectura desde sus propias urgencias. Esa metodología hermenéutica —usar el mito no como ornamento arcaico sino como operador filosófico capaz de diagnosticar el presente— es la apuesta más arriesgada y más fértil del libro.

TIENDA: Rameras y Esposas: Cuatro mitos sobre sexo y deber

La Realidad Social y sus Implicaciones

Pro: La mirada de Escohotado hacia la realidad social y su complejidad aporta una visión pragmática de los roles de ramera y esposa. Esto permite entender estos roles no solo como elecciones individuales sino como parte de un tejido social más amplio, donde cada rol tiene su función y su espacio.

Contra: Al mismo tiempo, este enfoque puede llevar a una visión demasiado determinista de estos roles, donde la capacidad de cambio y la resistencia individual frente a las normas establecidas podrían quedar minimizadas.

Interpretaciones Mitológicas y Filosóficas

Pro: El uso de mitos y leyendas, como menciona Escohotado en su obra, permite explorar estos roles desde una perspectiva más amplia y profunda, conectando con temas universales de la condición humana. Esto enriquece la comprensión de los roles de ramera y esposa, dándoles un carácter simbólico y trascendental.

La tesis central: el gozne de la libertad femenina

El argumento que vertebra Rameras y esposas puede enunciarse con crueldad quirúrgica, como de hecho lo hace el propio Escohotado en la única entrevista que concedió en el momento de la publicación: «la de la mujer es la contradicción más nuclear, más descamada, como que la libertad equivale a no respetabilidad y la respetabilidad equivale a no libertad». A los hombres, observa, no les ocurre esto: la promiscuidad masculina no arrastra estigma moral en ninguna de las culturas que analiza. La mujer, en cambio, solo puede ser libre al precio de ser considerada indigna. Y ese precio lo fijaron, entre otros, los cuatro mitos que el libro disecciona.

Lo que hace el libro filosóficamente interesante —y lo que explica su capacidad de incomodar tanto a conservadores como a ciertos feminismos— es que Escohotado no se queda en la descripción del problema. Sostiene que ese gozne histórico hubo un momento en que no existía: en la civilización mesopotámica, las mujeres que elegían inscribirse en los censos de rameras no lo hacían necesariamente por dinero, sino «por vocación de libertad». La ramera no era la figura degradada que el imaginario contemporáneo presupone, sino la única categoría jurídica en la que una mujer podía ejercer como sujeto de pleno derecho, elegir compañía y empleo del tiempo, obrar en derecho y no estar tutelada por ningún varón desde la cuna a la tumba. La esposa, en ese mismo contexto, vivía recluida «como luego sucederá con la mahometana». La asimetría era exactamente la inversa de la que instaló el monoteísmo: venerable la ramera, invisible la esposa.

La tesis sobre matrimonio y prostitución como instituciones complementarias e irreductiblemente vinculadas es la que más escozor produce, y es también la más rigurosa del libro. Escohotado sostiene, y recupera este argumento en obras posteriores, que el matrimonio es fundamental para la prostitución y la prostitución para el matrimonio: el uno empuja a las sombras de lo clandestino lo que el otro no canaliza, y viceversa. No es una provocación: es una hipótesis estructural sobre el modo en que las sociedades gestionan la tensión entre el deseo y el orden.


Los cuatro mitos: una cartografía de la guerra de los sexos

Ishtar y Gilgamesh: el origen y la traición fundacional

El primer mito es el más antiguo y el más revelador. Uruk, ciudad-estado sumeria, alrededor del 2100 a.C. Las hieródulas permanentes —sacerdotisas de Ishtar, la diosa del amor, la fertilidad y la guerra— constituían un estamento de altos funcionarios públicos. El derecho las protegía del escándalo con los mismos preceptos que amparaban a las patricias casadas. Los jóvenes varones se iniciaban en la vida adulta no con la mili ni con estudios universitarios, sino con la cohabitación con una hieródula durante algún tiempo: «los hacía hombres —conocedores del bien y del mal—» esa convivencia que ninguna institución posterior sabría reemplazar. En Sumeria, la diosa que llegó a ser la más grande del panteón era también protectora de las prostitutas, y las de rango superior —las shamhatum— gozaban de prestigio social, cultura y capacidad económica.

La Epopeya de Gilgamesh, el texto literario más antiguo que se conserva, tiene en su centro una traición que Escohotado lee como el primer gran golpe contra la libertad femenina. Gilgamesh rechaza a la propia Ishtar con una brutalidad sin precedentes —»¿cuál de tus pastores te ha gustado siempre?»— y los dioses, convocados por la diosa ofendida, le castigan con la muerte de su mejor amigo. Pero antes de morir, ese amigo profiere una maldición que desde entonces no ha dejado de perseguir a las siervas de Ishtar: «serás una perra en fuga a través de los campos, que el borracho y el acosado golpearán». Es, en el análisis de Escohotado, el instante germinal del estigma: el rey del mundo le da la espalda a la diosa del amor, y con ese gesto inaugura siglos de «decadencia de la figura de la mujer en relación de igualdad con el hombre». Lo venerable deja de ser el caos líquido del orgasmo y pasa a ser la fecundidad organizada patriarcalmente, la figura de la esposa.

Hera y Zeus: la madre resistente y la monogamia como trampa

El segundo mito traslada el escenario a la Grecia clásica y a la pareja más famosa del Olimpo. Zeus no elige a su esposa por belleza ni elocuencia, sino por los «merecimientos exigibles a una compañera perpetua»: buena esposa, madre ejemplar, voz propia, lealtad. El patriarcado afina su herramienta y busca en la mujer no ya solo la reproducción sino la complicidad. Hera representa, en la lectura de Escohotado, a la madre que castiga las aventuras de Zeus sin deshonra pero con elegancia: conoce las reglas y las cumple, pero nunca de forma obediente. Esta resistencia soterrada —el mito también recuerda cómo Atenas perdió el sufragio universal femenino, evento que Escohotado enlaza con el inicio del estigma institucionalizado de la prostitución— es la señal de que la estructura que se impone no es natural sino construida, y que encuentra fricción.

El matrimonio monogámico fue decretado por primera vez en la historia por el rey ateniense Cecrops, y ese gesto político —no religioso ni biológico— es para Escohotado el momento en que la institución familiar «convierte en otra cosa» lo que hasta entonces era un territorio de negociación entre géneros. El espíritu pagano, señala, «no pretende humillar a la carne, decretando destierro o vergonzosa sombra para las encarnaciones de Venus»: en Atenas clásica la bisexualidad «no era excepción sino regla», y nada era tan ajeno al mundo griego como el puritanismo. Pero el declive ya había comenzado.

Deyanira y Hércules: la tolerancia como rendición y el hogar como jaula

Deyanira es el arquetipo de la esposa que ha internalizado la asimetría como orden natural. Acepta los devaneos de Hércules con otras mujeres mientras no sean rutinarios: la ramera, fuera de casa y de forma ocasional; la esposa, en el hogar, abastecida de legitimidad. Es la mujer que ya no compite con la jerarquía del deseo sino que la administra desde dentro, que usa la tolerancia como arma de supervivencia. Hércules, en los tramos finales del mito, muestra remordimientos y se esfuerza por ser buen esposo: el héroe civilizador necesita también ser domesticado. Escohotado ve en este episodio la consolidación del «orden social perfecto» que el patriarcado propone: la familia normal, con tiempo y buenos oficios, deviene familia ejemplar. La legitimidad por encima de la ambrosía.

María y José: la virginidad como arma y la renuncia como poder

El cuarto mito es el más heterodoxo y el que más literatura crítica ha generado. Escohotado propone una lectura de la Virgen María que resulta simultáneamente reversible y perturbadora: María no es símbolo de sumisión sino de una forma radical de rebelión. Su interpretación en la entrevista de 1993 con El País condensa la paradoja: «María representa la que no ha recibido mancilla, la que no ha tenido ninguna relación con el semen; pero es también el símbolo de la mujer liberada, que se niega a ser identificada por determinaciones sexuales y que no tiene nada que ver con la manipulación del varón. Es sin duda un símbolo de la rebelión femenina, quizá el más poderoso de todos».

Lo que el autor subraya es que María no acepta que nadie —ni José, ni el sistema patriarcal que lo representa— le defina por su cuerpo. Exige ser considerada «un cuerpo sin sexo». En ese sentido, anticipa y «eleva a niveles míticos el principio feminista». La trampa, sin embargo, reside en el corolario cultural que arrastra esa postura: la tradición que se abre camino con María entiende «pureza como limpieza, y limpieza como conservación del himen», lo que convierte la rebelión individual de María en el ariete ideológico de un sistema que va a esclavizar a millones de mujeres bajo la exigencia de una virginidad intacta como condición de matrimonio. La emancipación simbólica de una mujer se convierte en el instrumento de sujeción de todas las demás.

En el binomio María-Jesús, José es «casi irrelevante»: padre putativo, proveedor sin autoridad, hombre domesticado que en su lecho de muerte llama a su propio hijo «mi señor, mi verdadero rey». El hijo asalta el reino del padre. Y así el mundo dionisiaco —ese universo de hieródulas sagradas, de sexo como ritual de conocimiento, de ramera como funcionaria pública venerable— «no sobrevivió al yugo romano». El mito ejemplar del nuevo orden es la Inmaculada Concepción. La mujer pasa de dominar al hombre mediante la exuberancia de su sexo a hacerlo manejando su escasez y racionamiento.

RAQUEL MEROÑO SEXY

Contra: Pero esta aproximación también puede resultar en una idealización o simplificación excesiva de estos roles, perdiendo de vista las experiencias reales y concretas de las mujeres que los viven en la actualidad.

La obra de Escohotado, con su énfasis en la libertad y su análisis profundo de la realidad social y mitológica, ofrece un marco valioso para entender los roles de ramera y esposa. Sin embargo, es crucial tener en cuenta las limitaciones de este enfoque, especialmente en términos de las realidades sociales y de poder que enmarcan y a menudo condicionan estas elecciones de vida.

Por qué las rameras eran las únicas mujeres libres

La respuesta que da Escohotado a esta pregunta es de una precisión jurídica que suele perderse en las disputas más apasionadas: en la Roma clásica, solo las mujeres censadas como rameras disfrutaban del estatuto de mayor de edad; las demás eran consideradas individuos menores, tutelados por algún varón desde la cuna a la tumba. No es un juicio de valor sobre la prostitución como práctica, es un dato sobre la estructura legal de la libertad civil en el mundo antiguo. La prostituta no escogía entre dos males: elegía, en un sistema de opciones brutalmente restringidas, la única vía disponible hacia la autonomía jurídica plena.

Escohotado es muy explícito en que esta lectura no puede proyectarse sin distorsión sobre el presente: sus referencias históricas al infanticidio sistemático de niñas o a la proporción de cinco hombres por cada mujer en la Atenas clásica son avisos contra cualquier nostalgia romántica. Lo que el argumento señala, con una precisión que sus críticos feministas tienden a omitir, es la lógica estructural del problema: la prostitución no fue históricamente la consecuencia del patriarcado sino, en ciertos contextos, su antídoto parcial. Cuando el sistema social impone la reclusión de la mujer respetable, la única alternativa a la servidumbre doméstica pasa por renunciar a la respetabilidad. No es el mercado sexual lo que degrada a la mujer; es la ausencia de alternativas lo que convierte ese mercado en la única puerta de salida.


El problema del feminismo contemporáneo con esta tesis

El feminismo abolicionista —que es la corriente hegemónica en el movimiento feminista español y europeo— rechaza la tesis de Escohotado desde coordenadas que no son simétricas sino diferentes, lo que complica cualquier debate honesto. La posición abolicionista parte de que la prostitución es, por definición estructural, una forma de violencia sexual organizada por el capitalismo patriarcal: «no existe consentimiento libre cuando hay necesidad, miedo, dependencia o desigualdad estructural», y «elegir entre pobreza o prostitución no es libertad; es supervivencia». Desde este enfoque, la tesis de Escohotado sobre la prostitución voluntaria o vocacional reproduce exactamente la operación ideológica que el patriarcado necesita: llamar «elección» a lo que es en realidad una coerción estructural.

El debate dentro del propio feminismo español lleva décadas sin resolverse y sigue siendo, como señala El Salto Diario, un «falso dilema» que «debilita al movimiento». Las posiciones son realmente irreconciliables no porque sus defensoras sean poco inteligentes sino porque parten de premisas filosóficas distintas sobre la agencia individual, la estructura social y la relación entre ambas. El feminismo regulacionista —que defiende la despenalización del trabajo sexual, reconoce la posibilidad de agencia de las trabajadoras sexuales y denuncia que el abolicionismo empeora sus condiciones de vida al aumentar la clandestinidad— es el que más cerca está del terreno que Escohotado recorre, aunque desde marcos conceptuales distintos.

Lo que el feminismo abolicionista no puede digerir de Escohotado es, fundamentalmente, su rechazo al modelo victimizador: el filósofo considera que la sociedad actual «despoja a la prostituta de todo voluntarismo», que la frialdad y la degradación que caracterizan la prostitución contemporánea no son inherentes a la práctica sino consecuencia del estigma, de la ilegalidad y del puritanismo que la empujan a la clandestinidad. Para el abolicionismo, esa afirmación es un encubrimiento ideológico de la explotación. Para los regulacionistas —y para Escohotado—, es un diagnóstico causal: no es la práctica lo que produce la degradación, sino las condiciones que la rodean.

La acusación de machismo que algunos sectores dirigen al libro merece examinarse con más cuidado que el que suele emplearse. El libro no defiende que los hombres tengan derecho al acceso sexual a las mujeres ni que la prostitución sea deseable como institución: defiende que prohibirla o estigmatizarla implica quitarle a la mujer que la elige una opción que ella tiene todo el derecho a tener. La diferencia es filosóficamente significativa. El argumento es libertario, no patriarcal: la misma lógica que lleva a Escohotado a defender la despenalización del consumo de drogas lo lleva a defender la autonomía de quien decide prostituirse. El enemigo es siempre el mismo: el Estado moralizante que decide qué pueden hacer los adultos con sus propios cuerpos.


España y Europa, 2026: el debate que Escohotado anticipó

La legislación española sobre prostitución se mantiene en un estado de alegalidad singular: no está ni regulada ni prohibida, aunque la Ley de Seguridad Ciudadana de 2015 permite multar tanto a clientes como a prostitutas en la vía pública. La estimación más rigurosa disponible —un macroestudio del Ministerio de Igualdad publicado en 2024 que analizó más de 654.000 anuncios de prostitución en internet— calcula que al menos 114.576 mujeres mayores de edad se encuentran en situación de prostitución en España. El 80% de ellas presentan indicadores de explotación sexual según el mismo informe.

El Gobierno del PSOE ha intentado legislar sobre esta materia tres veces en la presente legislatura. La primera proposición fue rechazada en 2022; la segunda, en mayo de 2024, cuando el Congreso rechazó tramitar una ley para prohibir el proxenetismo. El catalizador del tercer intento fue político y espectacular: en junio de 2025, los audios de la investigación de la UCO desvelaron que José Luis Ábalos, exministro de Transportes y exsecretario de organización del PSOE, y su asesor Koldo García se «repartían» mujeres prostituidas como si fueran objetos intercambiables. La ministra de Igualdad, Ana Redondo, anunció entonces un anteproyecto de ley abolicionista. En enero de 2026, sin embargo, el Ministerio reconocía que la ley seguía «encallada» por falta de consenso parlamentario. En abril de 2026, el Ministerio renunció definitivamente a incluir la abolición en la ley contra la trata que está ultimando, al constatar que no existe mayoría suficiente para reformar el Código Penal.

La tendencia europea no es monolítica. El modelo nórdico —que penaliza al cliente y no a quien ejerce la prostitución, y que ha sido adoptado por Suecia (1999), Noruega, Islandia, Francia y Canadá— avanza en algunos países. Pero también produce resultados controvertidos: en noviembre de 2025, la presidenta del Bundestag alemán Julia Klöckner declaró que Alemania «se ha convertido en el burdel de Europa» y exigió la prohibición, después de que la legalización de 2002 produjera un resultado desastroso: de las entre 200.000 y 400.000 trabajadoras sexuales estimadas, solo el 1% tiene contrato laboral y únicamente 32.300 están registradas. Es un dato que ninguno de los dos bandos del debate puede ignorar: ni quien defiende la regulación ni quien defiende la abolición.

El argumento más incómodo de Escohotado en este contexto es el que señala que allí donde la prohibición crea negocios lucrativos antes inexistentes, sostenidos por una clientela respetable en lo demás, «se manifiesta una astucia de la razón». Las organizaciones criminales necesitan la ilegalidad para existir: donde hay prohibición hay negocio criminal, y donde hay negocio criminal hay explotación. La clandestinidad no protege a las mujeres; las entrega a quienes se benefician de su vulnerabilidad. Este razonamiento, que Escohotado formuló en 1985 en un artículo para El País y que la crisis del modelo alemán ilustra con datos duros, sigue siendo la objeción más difícil de responder para el abolicionismo.

¿Machista o libertario? La pregunta equivocada

La pregunta por si Rameras y esposas es un libro machista o libertario es, en realidad, la pregunta equivocada, y el hecho de que siga formulándose revela algo sobre los límites del debate público. El libro puede leerse como libertario en su defensa de la autonomía individual, como androcéntrico en su elección de fuentes y marcos de referencia, como históricamente impreciso en algunos detalles de la prostitución sagrada mesopotámica —materia en la que la historiografía académica ha producido evidencia más ambivalente de la que el autor maneja—, y como filosóficamente agudo en su diagnóstico sobre la doble moral que rige el estatuto de la libertad femenina. Todas estas lecturas son simultáneamente posibles y parcialmente correctas.

Lo que el libro hace con rigor es señalar una asimetría que ninguno de sus críticos ha podido refutar: la sociedad exige a la mujer elegir entre libertad y respetabilidad, y esa exigencia no existe para el varón. La prostitución y el matrimonio son, en su análisis, las dos instituciones entre las que ese dilema se despliega históricamente. El mérito del libro no es proporcionar una solución —Escohotado no pretende hacerlo— sino cartografiar el problema con una honestidad que resulta insoportable para quienes prefieren narrativas más ordenadas.

Su obra filosófica en conjunto, fundada en lo que su tesis doctoral sobre Hegel denominó «la conciencia infeliz» y articulada alrededor de la libertad individual como antídoto frente a todas las servidumbres, sitúa Rameras y esposas en el punto de intersección entre la historia de las ideas y el diagnóstico cultural. La prostitución, para Escohotado, no es una excepción ni un problema especial: es el revelador fotográfico en el que la verdad sobre la libertad —quién la tiene, quién la paga, quién la vende, quién la prohíbe— se hace visible con una crudeza que la filosofía de salón prefiere evitar.

El debate legislativo y feminista de 2026 en España y Europa confirma que el territorio que Escohotado abrió hace más de cuatro décadas sigue sin estar cartografiado con honestidad. Los abolicionistas siguen ignorando la evidencia sobre clandestinidad y explotación que producen sus propias políticas. Los regulacionistas siguen sin ofrecer un modelo que funcione a escala. Y el pensamiento libertario de Escohotado —que señala que la fuente del problema no está en la práctica sino en las condiciones de invisibilidad y criminalización que la rodean— sigue esperando un debate a su altura.

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